miércoles, 21 de abril de 2010
El libro y sus televidentes
Publicado por Revista Adhuc Tempus en 20:22
“Nuestro conocimiento
sobre lo que está pasando
es superficial y relativo”
William S. Burroughs.
Si bien la televisión es el elemento más popular de la era tecnológica, entendido y decodificado por todos, el libro, por su parte, es un territorio poco explorado. Al decir, por ejemplo, mucha gente no sabe leer, sustentamos este hecho. El libro es una tecnología de la cual no nos hemos apropiado; que se aleja y se bifurca y se transforma y se escabulle entre línea y línea.
Pocos han resistido la coquetería de la televisión. La decisión de venderlos en una tienda de electrodomésticos (y no en las tiendas de electrónica profesional) selló, como lo señala Román Gubern, su destino como instrumento masivo. Después de la Segunda Guerra Mundial, la televisión se convirtió en el medio de comunicación más universal; su lugar privilegiado en cada hogar, su estallido de sonidos y colores inmarcesibles y su inefable contacto con el hombre lo han hecho casi invencible. Sin embargo, lo que más molesta de este transmisor de mensajes iconocinéticos y acústicos, además de ser bandera del capitalismo, es que sin la menor vergüenza relegó el sistema gutenbergiano como modo de interactuar con el mundo.
El hecho de que en nuestros países latinoamericanos la televisión se posicione como una identidad cultural y que, además, sea el producto de exportación más llamativo (la telenovela) ubica cualquier perspectiva de mundo que tengamos en un espacio no por mucho desgraciado. No obstante, la admirable recepción que ha tenido la televisión en nuestra cultura y la manera cómo nos hemos apropiado de ella despeja la discusión tan polarizada que se ha tenido en torno a ésta. La televisión no desaparecerá dejándola de ver ni enfrentándola con el cine o con el libro (es evidente la supremacía del aparato en términos masivos), no es lo mismo ver acciones en un cartel gigante en una calle oscura, como las salas de cine, que verlas en el interior de una pequeña pantalla multicolor, como una bola de cristal, recostado en un sofá seguro y a salvo.
A este respecto nos convocan las lecturas del escribidor Mario Vargas Llosa y el ensayista y columnista colombiano Héctor Abad Faciolince. Ambos, con gran prosa y entendimiento dan cuenta de dos realidades con respecto a la televisión: la de los intelectuales videntes que ven en lo electromagnético el verdugo del libro y el del televidente común, persona gris que camina en la calle y trabaja y consume que demerita el alcance de la letra impresa. Ambos, como ya se mencionó, explican sus posturas y no ven ¡De ninguna manera! El ocaso de sus profesiones. El escritor peruano, por su parte, cuestiona la decadencia del libro y advierte que la televisión sólo superará a la literatura inmediata, aquella que por su impostura se doblegue ante la televisión, como el profesor Steiner ante la posmodernidad.
Ambos, en sus textos, declaran su interés por el libro. Sientan las bases para una discusión posterior pero teniendo a éste como estandarte. En cierta medida, es algo corrosivo. La televisión, en mi opinión, merece una reflexión más detallada. Valdría la pena pensarla como una fuente de cultura doméstica, un objeto que le ofrece toda clase de ventajas al ojo y en donde converge las principales características de la condición humana. Umberto Eco, Román Gubern, Jesús Martín Barbero son referencias obligadas en este sentido; pocos, como ellos, han dedicado monografías al monstruo televisivo contemplándolo como un todo, no como consecuencia ni como producto vampiro de la cultura con c minúscula sino como un complejo sistema de variantes multicolores.
sobre lo que está pasando
es superficial y relativo”
William S. Burroughs.
Si bien la televisión es el elemento más popular de la era tecnológica, entendido y decodificado por todos, el libro, por su parte, es un territorio poco explorado. Al decir, por ejemplo, mucha gente no sabe leer, sustentamos este hecho. El libro es una tecnología de la cual no nos hemos apropiado; que se aleja y se bifurca y se transforma y se escabulle entre línea y línea.
Pocos han resistido la coquetería de la televisión. La decisión de venderlos en una tienda de electrodomésticos (y no en las tiendas de electrónica profesional) selló, como lo señala Román Gubern, su destino como instrumento masivo. Después de la Segunda Guerra Mundial, la televisión se convirtió en el medio de comunicación más universal; su lugar privilegiado en cada hogar, su estallido de sonidos y colores inmarcesibles y su inefable contacto con el hombre lo han hecho casi invencible. Sin embargo, lo que más molesta de este transmisor de mensajes iconocinéticos y acústicos, además de ser bandera del capitalismo, es que sin la menor vergüenza relegó el sistema gutenbergiano como modo de interactuar con el mundo.
El hecho de que en nuestros países latinoamericanos la televisión se posicione como una identidad cultural y que, además, sea el producto de exportación más llamativo (la telenovela) ubica cualquier perspectiva de mundo que tengamos en un espacio no por mucho desgraciado. No obstante, la admirable recepción que ha tenido la televisión en nuestra cultura y la manera cómo nos hemos apropiado de ella despeja la discusión tan polarizada que se ha tenido en torno a ésta. La televisión no desaparecerá dejándola de ver ni enfrentándola con el cine o con el libro (es evidente la supremacía del aparato en términos masivos), no es lo mismo ver acciones en un cartel gigante en una calle oscura, como las salas de cine, que verlas en el interior de una pequeña pantalla multicolor, como una bola de cristal, recostado en un sofá seguro y a salvo.
A este respecto nos convocan las lecturas del escribidor Mario Vargas Llosa y el ensayista y columnista colombiano Héctor Abad Faciolince. Ambos, con gran prosa y entendimiento dan cuenta de dos realidades con respecto a la televisión: la de los intelectuales videntes que ven en lo electromagnético el verdugo del libro y el del televidente común, persona gris que camina en la calle y trabaja y consume que demerita el alcance de la letra impresa. Ambos, como ya se mencionó, explican sus posturas y no ven ¡De ninguna manera! El ocaso de sus profesiones. El escritor peruano, por su parte, cuestiona la decadencia del libro y advierte que la televisión sólo superará a la literatura inmediata, aquella que por su impostura se doblegue ante la televisión, como el profesor Steiner ante la posmodernidad.
Ambos, en sus textos, declaran su interés por el libro. Sientan las bases para una discusión posterior pero teniendo a éste como estandarte. En cierta medida, es algo corrosivo. La televisión, en mi opinión, merece una reflexión más detallada. Valdría la pena pensarla como una fuente de cultura doméstica, un objeto que le ofrece toda clase de ventajas al ojo y en donde converge las principales características de la condición humana. Umberto Eco, Román Gubern, Jesús Martín Barbero son referencias obligadas en este sentido; pocos, como ellos, han dedicado monografías al monstruo televisivo contemplándolo como un todo, no como consecuencia ni como producto vampiro de la cultura con c minúscula sino como un complejo sistema de variantes multicolores.
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1 comentario:
ps creo que tiene razon porque la humanida a dejado la cultura de leer y la a preferido por ver tv en otras palabras se an inotizado por ver eso.
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