jueves, 22 de abril de 2010

Aquellos bellos recuerdos

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Los recuerdos de un bebé se disipan. Pepito por ejemplo no sabe nada de su periodo de lactancia. Ha visto en fotos a un niño que no es él. Una vez, llegó hacia él una imagen de un juguete rústico, hecho a mano, que siempre estaba en su boca. Vió también a su madre, que lo contemplaba como lo pudo haber contemplado Goliat. Ése Goliat sin embargo era suave y cálido y lo hacía sentir como en las nubes. El sabía también que no conocía las nubes, pero ahora que aquella proyección que pasaba fugaz se lo mostraba, comprendía realmente lo que veía el cielo.
Pepito entonces por andar distraído y soñoliento se tropezó gravemente con una estación de gasolina. El juguete aquel desapareció con el golpe. Ahora solo podía recordar el golpe mientras abría los ojos. Gateando, se levantó. Algunas personas lo ayudaron, fueron muy amables cuando le preguntaban si se sentía bien. Su camisa se había manchado de sangre, de babas, y de gasolina. Pensó que en cualquier momento podía incendiarse. Trabajosamente, aún con personas llevándolo del brazo, atravesó la estación y se lavó las manos y las rodillas del pantalón.
-¿Puedo preguntarle algo?
-Ya lo hace.
-Sí claro, es decir, ¿Podría decirme qué hora es?
-Si tuviera reloj...
-Creo que atrás suyo hay uno. No lo había visto.
-Creo que sí.
Ambos voltearon.
-¿Le digo?
-Ya la sé.
Pepito salió del lugar fingiendo amabilidad. Llevaba las manos mojadas, cosa que odiaba. Además, sabía que iba tarde. Y de alguna manera desconocida, sabía a dónde.

miércoles, 21 de abril de 2010

Silencios

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¿Hay alguna razón?
Nuestros silencios.
Bueno.

Filosofía del cazador

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Filipo creció en el bosque. Un día dejó el hogar para convertirse en leñador. Redujo el número de árboles de una Hectárea en tan sólo tres días. Quiso más. Consiguió madera, mucha, que no negoció, y la amontonó.
-¡Ah!-dijo-Desearía tener un fósforo.
Durante los tres días de corte, Filipo se alimentó de animales, de toda clase. Pero ahora quería algo asado.

El libro y sus televidentes

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“Nuestro conocimiento
sobre lo que está pasando
es superficial y relativo”
William S. Burroughs.




Si bien la televisión es el elemento más popular de la era tecnológica, entendido y decodificado por todos, el libro, por su parte, es un territorio poco explorado. Al decir, por ejemplo, mucha gente no sabe leer, sustentamos este hecho. El libro es una tecnología de la cual no nos hemos apropiado; que se aleja y se bifurca y se transforma y se escabulle entre línea y línea.

Pocos han resistido la coquetería de la televisión. La decisión de venderlos en una tienda de electrodomésticos (y no en las tiendas de electrónica profesional) selló, como lo señala Román Gubern, su destino como instrumento masivo. Después de la Segunda Guerra Mundial, la televisión se convirtió en el medio de comunicación más universal; su lugar privilegiado en cada hogar, su estallido de sonidos y colores inmarcesibles y su inefable contacto con el hombre lo han hecho casi invencible. Sin embargo, lo que más molesta de este transmisor de mensajes iconocinéticos y acústicos, además de ser bandera del capitalismo, es que sin la menor vergüenza relegó el sistema gutenbergiano como modo de interactuar con el mundo.

El hecho de que en nuestros países latinoamericanos la televisión se posicione como una identidad cultural y que, además, sea el producto de exportación más llamativo (la telenovela) ubica cualquier perspectiva de mundo que tengamos en un espacio no por mucho desgraciado. No obstante, la admirable recepción que ha tenido la televisión en nuestra cultura y la manera cómo nos hemos apropiado de ella despeja la discusión tan polarizada que se ha tenido en torno a ésta. La televisión no desaparecerá dejándola de ver ni enfrentándola con el cine o con el libro (es evidente la supremacía del aparato en términos masivos), no es lo mismo ver acciones en un cartel gigante en una calle oscura, como las salas de cine, que verlas en el interior de una pequeña pantalla multicolor, como una bola de cristal, recostado en un sofá seguro y a salvo.

A este respecto nos convocan las lecturas del escribidor Mario Vargas Llosa y el ensayista y columnista colombiano Héctor Abad Faciolince. Ambos, con gran prosa y entendimiento dan cuenta de dos realidades con respecto a la televisión: la de los intelectuales videntes que ven en lo electromagnético el verdugo del libro y el del televidente común, persona gris que camina en la calle y trabaja y consume que demerita el alcance de la letra impresa. Ambos, como ya se mencionó, explican sus posturas y no ven ¡De ninguna manera! El ocaso de sus profesiones. El escritor peruano, por su parte, cuestiona la decadencia del libro y advierte que la televisión sólo superará a la literatura inmediata, aquella que por su impostura se doblegue ante la televisión, como el profesor Steiner ante la posmodernidad.

Ambos, en sus textos, declaran su interés por el libro. Sientan las bases para una discusión posterior pero teniendo a éste como estandarte. En cierta medida, es algo corrosivo. La televisión, en mi opinión, merece una reflexión más detallada. Valdría la pena pensarla como una fuente de cultura doméstica, un objeto que le ofrece toda clase de ventajas al ojo y en donde converge las principales características de la condición humana. Umberto Eco, Román Gubern, Jesús Martín Barbero son referencias obligadas en este sentido; pocos, como ellos, han dedicado monografías al monstruo televisivo contemplándolo como un todo, no como consecuencia ni como producto vampiro de la cultura con c minúscula sino como un complejo sistema de variantes multicolores.

martes, 13 de abril de 2010

oPUS 13

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El golpe del beat, el retorcer de las cadenas, como tren que parte, el balbuceo de la muda, el vestido roto y manchado de salsa de carne hace crispar mi corazon de metal. ¿Realmente estás escuchando lo que dicen esos argenteos personajes? Yo no sé tú pero me gustaría viajar lejos en bicicleta ¿Por qué no? Este mundo, más que cualquiera de esta metagalaxia, está lleno de posibilidades imposibles. Ayer soñé por ejemplo que en la bandera ya no había carroña sino poderío y grandeza. Nada puede interrumpir un sueño así.

Me muero de sed. Debe ser por la cantidad de palabras que no digo por minuto. Una jirafa habla más, su cría nace para vivir. Tiene garantizada su supervivencia. ¡Ah! se me olvidaba el hombre. Hombre de espaldas anchas, como pez en el agua, desfigúrate el rostro estrellándote contra el muro.

Cierro los ojos y pienso...¿El pensamiento es natural? Hegel explícame, Weber explícame, Popper explícame que no entiendo ¿Qué? ¿Que le pregunte a Hobbes? Jamás. Las palabras con las que inicia la noche parecen una obertura, un clásico motete coral de tiempos medievales. Ahora sé que tengo garantizado el balcón de mis ancestros. O por lo menos una santa sepultura, Sí señor, tanto escuchar los Opus de Chopin hicieron efecto.

jueves, 8 de abril de 2010

Protesto

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Planillar significa presupuestar, medir, anticiparse. Por supuesto en casos en los que las fórmulas y las discuciones poco pueden alterar un principio. Digamos que un principio no cambia con el viento ni con la acción manipulante de cualquier actor. Un principio es una idea que no tiene partes. Como el punto.
Justamente, cuando los textos o la escritura no admiten abducciones, cojen forma de discurso. Los discursos son papeles sanitarios casi siempre firmados. No obstante, muchas veces la escritura quiere ser una oda, un pensamiento arraigado profundamente al cerebro, no al corazón, un proyectil. Cuando se quiere analizar o controvertir, o manipular una escritura semejante, se inicia un trágico proceso de suplantación, la absurda empresa de querer analizar un disparo desde el punto de vista del proyectil, o de la bala, pero no desde el viento que rompe.

Muchas veces, no hay nada más para decir. Solo la verdad.

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Basquiat, Jean Michael.
Pintor negro neoyorquino.