lunes, 26 de julio de 2010
Je t´aime
Publicado por Revista Adhuc Tempus en 18:30 0 comentarios
La poesía es absoluta, es creación del más puro nivel. La poesía es alta, para pocos, no para mí, el equipo de Adhuc tempus. Pero es inquietante, porque la jirafa que anda de vez en cuando por mi vecindario, recita mucha esta retaíla de amor. ¿Y quién no tiene un amor? Yo tengo uno inmenso.
La postura perfecta cuando la ciudad se llena de luces,
como un dibujo románico, como una figura de ojos
egipcios,
que no necesitan preguntar nada.
La música diamantina de los corales caribeños,
escriben en los vahos estrechamente,
tu nombre,
pletórico de destellos luminosos.
No se cruzan líneas delgadas, ni se llaman
góndolas en ríos oscuros,
mejor escuchemos melodías subterráneas,
pero muy cerca de todos.
Para que cuando las olas se levanten juntas,
no haya vuelta atrás, porque habrá el más
puro alboroto. Y nosotros somos silencio,
figuras prefiguras del amor
incontrolable.
Ahora mismo, los mares del sur
y del norte,
yacen tendidos como trenes descarriados,
así que nuestro beso no los despertará.
La postura perfecta cuando la ciudad se llena de luces,
como un dibujo románico, como una figura de ojos
egipcios,
que no necesitan preguntar nada.
La música diamantina de los corales caribeños,
escriben en los vahos estrechamente,
tu nombre,
pletórico de destellos luminosos.
No se cruzan líneas delgadas, ni se llaman
góndolas en ríos oscuros,
mejor escuchemos melodías subterráneas,
pero muy cerca de todos.
Para que cuando las olas se levanten juntas,
no haya vuelta atrás, porque habrá el más
puro alboroto. Y nosotros somos silencio,
figuras prefiguras del amor
incontrolable.
Ahora mismo, los mares del sur
y del norte,
yacen tendidos como trenes descarriados,
así que nuestro beso no los despertará.
A PROPÓSITO DEL BICENTENARIO
Publicado por Revista Adhuc Tempus en 15:22 0 comentariosLA SALVAJE ESPERANZA
Eramos dioses y nos volvieron esclavos.
Eramos hijos del Sol y nos consolaron con medallas de lata.
Eramos poetas y nos pusieron a recitar oraciones pordioseras.
Eramos felices y nos civilizaron.
Quién refrescará la memoria de la tribu.
Quién revivirá nuestros dioses.
Que la salvaje esperanza sea siempre tuya,
querida alma inamansable.
gONzalo Arango
sábado, 29 de mayo de 2010
Poema institucional
Publicado por Revista Adhuc Tempus en 9:31 0 comentarios
A MI QUERIDO CO.S.F.A.
El alegre tañir de tu campana centenaria
con ding dong melodioso nos invita a formar
y elevamos al cielo matutina plegaria
remembrando a Francisco su oración por la paz.
En tus aulas fecundas se ha forjado el futuro
más de mil egresados son tu fiel heredad
y tus arcos espléndidos nos mantienen seguros
más que casa una escuela, más que escuela un hogar.
Corredores plagados de recuerdos perennes
¡Oh glorioso Colegio!, tu no tienes igual
bajo el patio subyace esa cripta solemne
donde muchos hermanos hoy descansan en paz.
Y tus sólidos muros de lustrosas paredes
se mantienen impávidos cinco décadas más
desde el día en que un hombre te vistió de laureles
Agustín hoy tu sueño se tornó realidad.
Es por eso que ahora lo clamamos al viento
¡Franciscanos por siempre! con virtud y saber
y ante Dios en el cielo esto es un juramento
la humildad y el amor nos han de preceder.
Diego Bonilla Medina
El alegre tañir de tu campana centenaria
con ding dong melodioso nos invita a formar
y elevamos al cielo matutina plegaria
remembrando a Francisco su oración por la paz.
En tus aulas fecundas se ha forjado el futuro
más de mil egresados son tu fiel heredad
y tus arcos espléndidos nos mantienen seguros
más que casa una escuela, más que escuela un hogar.
Corredores plagados de recuerdos perennes
¡Oh glorioso Colegio!, tu no tienes igual
bajo el patio subyace esa cripta solemne
donde muchos hermanos hoy descansan en paz.
Y tus sólidos muros de lustrosas paredes
se mantienen impávidos cinco décadas más
desde el día en que un hombre te vistió de laureles
Agustín hoy tu sueño se tornó realidad.
Es por eso que ahora lo clamamos al viento
¡Franciscanos por siempre! con virtud y saber
y ante Dios en el cielo esto es un juramento
la humildad y el amor nos han de preceder.
Diego Bonilla Medina
La absolución
Publicado por Revista Adhuc Tempus en 9:28 0 comentarios
Es importante y estimulante desde cualquier punto de vista, encontrar textos tan significativos como los del profesor Diego Bonilla. Lo es aún más, cuando el aporte llega desde la poesía y el cuento, expresiones ambas pletóricas de fantasía y lucidez.
LA ABSOLUCION NEGADA
AUTOR DIEGO BONILLA MEDINA
Esa mañana era distinta a todas las demás que la gente recordaba. El calor parecía haberse ensañado en ese pequeño pueblo llamado paradójicamente Calentano, clavado en algún lejano rincón de la costa Caribe Colombiana. El bochorno pegachento se adhería con sus tentáculos a la piel de los pueblerinos, quienes en su afán de despojarse de él se ventilaban con grandes hojas de plátano que se secaban y marchitaban en segundos. Parecía como si calentano fuese la mismísima entrada del infierno, todos buscaban las escasas sombras que proyectaban las escuálidas palmeras de penachos trasquilados por el tiempo; hasta los perros jadeaban penosamente tratando de ventilar sus recalentados cuerpos. Las escasas brisas provenientes del océano tan solo levantaban polvo de las desvencijadas calles y con su infernal aliento golpeaban la humanidad de los escasos transeúntes arrancándole ríos de sudor que empapaban la espalda y las axilas de sus desaliñadas ropas haciendo que estas se pegaran a sus cuerpos caprichosamente.
Tan solo eran las diez de la mañana y hasta las nubes parecían haber abandonado para siempre el límpido cielo que cubría Calentano.
Sobre la plaza principal tan solo visitada por algún perro vagabundo buscando alguna sombra esquiva, se erguía majestuosa aquella humilde iglesia de paredes blancas y estilo colonial construida en barro, paja y bareque. En su interior a pesar de ser domingo, tan solo se encontraban dos viejas rezanderas cubiertas con sus velos de encaje postradas ante un altar vacio y rezando el rosario con una vieja camándula de madera quizás heredada de sus ancestros. Allá, en la intimidad del confesionario está sentado el padre Joaquín, viejo párroco de aquella humilde congregación, con la sotana desabrochada en el pecho y movimiento con su mano izquierda, a manera de abanico la estola purpura adornada con bordados dorados que descansaba sobre sus hombros, trataba inútilmente de alejar aquel bochorno infame de su fatigado cuerpo, mientras esperaba la aparición de un pecador en busca de redención y absolución divina.
Afuera todo era silencio y bochorno, bochorno y silencio ni tan siquiera un ave perdida se atrevía a alegrar con su canto tanta soledad. De repente, como salido de la nada un olor a sudor y mugre vieja inundo el confesionario, mientras al otro lado de la fina lámina de madera a través de la mirilla de la ventana la figura desgarbada de un desconocido se arrodillaba en el cubículo haciendo crujir la madera reseca por el tiempo.
- ¡Buenos días Padrecito!… musito una voz ronca y grave junto a la mirilla.
- ¡Buenos días hijo mío! – ¿que trae por aquí? – pregunto el padre.
- Es que quiero confesarme para que Usted me absuelva de mis pecados que ya son muchos – contesto aquella voz.
- Entonces te escucho porque aquel que se ha alejado del señor es bienvenido si viene a El arrepentido de corazón – dijo el padre ceremoniosamente mientras abría la biblia que descansaba sobre sus muslos al tiempo que secaba el sudor que resbalaba por su cuello, buscando afanosamente la parte alta de su pecho, con el dorso del puño del su sotana de su mano izquierda.
- Mire padrecito lo mío es grave – empezó diciendo aquella voz – He matado, violado y saqueado, no hay ningún mandamiento de la ley de Dios que yo no haya quebrantado varias veces, por eso no se si lo mío tanto lo que he hecho, como lo que voy hacer tenga perdón de Dios.
- Si tu corazón viene al señor en verdad arrepentido, Dios te podrá dar su perdón, como ya te había dicho, y si prometes ante El enmendar tu vida, todos tus pecados tendrán absolución – replico el padre.
- Y esto que le voy a decir… ¿Usted lo puede contar? - pegunto curiosa la voz
- ¡No hijo mío!... es secreto de confesión y el secreto de confesión es inviolable se ira conmigo a la tumba – contesto el padre Joaquín.
- Ummm… Si es así – dijo después de una breve pausa la voz – Vera padre es que soy guerrillero y por mandato de mis Jefes he hecho cosas innombrables y ahora tengo un nuevo encargo, por eso quiero que Usted me absuelva, porque yo debo cumplir con mis ordenes – dijo la voz.
- Pero para absolverte es necesario que tú estés arrepentido y si me dices que vas hacer algo malo es que no han arrepentimiento hijo mío – dijo el padre.
- Arrepentimiento no se – dijo la voz – solo se que tengo que poner un carro cargado de explosivos hoy a las 2:00 de la tarde frente a la casa del alcalde, padrecito y se que justos y pecadores van a volar a la mierda – dijo con tono despectivo aquella voz.
Hubo un silencio prolongado, al lado un escalofrió escalaba la espina dorsal del padre Joaquín, sus manos estaban frías y en su cabeza tan solo estaba la imagen de Martha, su única hermana, Pedrito y Danielita, sus únicos sobrinos quienes vivían justo enseguida de la alcaldía y toda su familia en este mundo. Veía como en un cuento de terror, sus cuentos mutilados y ensangrentados en medio de los escombros y desde el fondo de su garganta broto un quejido lastimero, al tiempo que una lagrima rodaba por su mejilla y su nariz se congestionaba impidiendo respirar.
- Padre… ¡Padrecito! ¿le pasa algo? – pregunto el dueño de aquella maldita voz.
- ¡Padre!... ¡padre!... – Repitió la horrible voz.
- Si, si hijo mío – dijo el padre Joaquín controlando su angustia con voz quebrada – es que tú no puedes hacer eso, mira que hay gente inocente y es pecado hijo mío.
- Toda mi vida es un pecado padrecito, es tan solo es uno mas y tengo que hacerlo, ¡así que deme la absolución ya y terminemos con esto! – clamo la temible voz.
- Yo no puede darte la absolución, ni puedo permitir que hagas esto – Dijo el padre tajantemente.
- Mire, ¡viejo hijo de puta! Si no me quiere dar la absolución pues métasela por donde quiera, pero eso si Usted no puede decir nada de esto, porque esto es una puta confesión y es inviolable ¿oyó? – dijo la maldita voz en tono airado y grosero.
- Si hijo pero es que …
- Es que nada yo veré padrecito de mierda- dijo la voz y rápidamente su dueño se paro y salió presuroso del confesionario en el mismo silencio en que había llegado.
Los segundos se eternizaron en ese breve instante, al otro lado, el padre Joaquín estrujaba afanosamente sus manos mientras los nervios recorrían los más recónditos rincones de su ser.
- ¡Hijo mío!… ¡Hijo mío! – clamo el padre… tan solo silencio y luego nada.
- ¡Hijo mío! – dijo el padre mirando a trasvés de la mirilla y entonces supo que estaba hablando solo, se incorporo de inmediato y para cuando salió del confesionario, la iglesia estaba más sola que el mismo pueblo, las viejas rezanderas ya no estaban y las veladoras consumidas tan solo despedían flacuchos hilitos de humo blanco. El bochorno persistía pero ya no importaba, ahora la bomba, ¡la maldita bomba! Era lo más importante.
- ¡Dios mío! - Dijo el padre Joaquín arrodillado junto al Cristo de cerámica descolorida y ojos sin vida, suspendido en lo alto de la pared justo detrás del altar.
- No permitas que esto pase, dame tu luz, dime que hacer Padre mío – decía llorando el padrecito Joaquín.
- Dime que hacer ¡por favor! – repitió el padre.
Después de un reguero de oraciones y muchas bendiciones el padre Joaquín se paro y se dirigió a la casa cural, como pasaba de rápido el tiempo, ya eran las 12:00 m y la bomba, la maldita bomba estallaría a las dos volando en mil pedazos lo que El mas quería en esta vida, su única familia, y El no podía hacer nada… nada, era un secreto de confesión, un maldito secreto de confesión.
- ¿Por qué? – clamo mirando hacia el cielo buscando una respuesta.
- ¿Por qué me haces esto a mí? – increpo Joaquín al cielo. Entonces pensó… “tengo que sacarlos de allí, no, no, tengo que impedir esto de alguna forma”, “tengo que hacerlo dijo para si” entonces corrió al teléfono y presurosamente marco: 6…5…4.
- ¡Maldita sea! – Colgó y empezó de nuevo: 6… 5… 3… Ring… se oyó el tono una vez…, ring, dos veces…, ring, tres veces…
- Contesten por favor… ring…
- ¡Alo! – sonó una delgada voz al otro lado de la línea.
- ¡Alo!, ¿Pedrito? Habla Joaquín tu tío.
- Hola tío ¿Cómo estás?- pregunto Pedrito.
- Bien – contesto tajante y nervioso Joaquín- ¡Pásame a tu mama!
- Se está bañando – respondió el niño.
- ¿Y tu hermanita? – pregunto Joaquín
- Esta dormida - contesto Pedrito.
- ¡Por favor dile a tu mama que es urgente! – dijo Joaquín
- Bueno – contesto Pedrito – Se escucho un tas y los pasos de Pedrito alejándose del teléfono… silencio… silencio…
- ¡Pedrito, Pedrito!...
- ¡Dios mío! – acaba de decir el padre cuando las campanas de la iglesia replicaban, anunciando el inexorable paso del tiempo.
- ¡La 1:00, por Dios! dijo Joaquín colgando el teléfono.
- La policía ¡eso es! ¡la policía! – tomo el teléfono 4…3…2… ring…
- Inspección de Calentano - contesto una voz con tono marcial.
- Mire quiero denunciar un carro sospecho parqueado junto a la Alcaldía – dijo Joaquín disimulando la voz.
- ¿Cuál es su nombre? – pregunto el policía.
- Eso no importa, ¡vaya de inmediato!.
- Pero…- clic la comunicación se corto al otro lado de la línea.
Joaquín presionaba su mano derecha tan duro el auricular que esta estaba a punto reventar enrojecida, mientras con el dedo índice de su mano izquierda mantenía presionado el botón del timbre. “Dios haz que vayan”- pensaba para si.
En ese preciso momento al otro lado del pueblo el dueño de aquella horrible voz, maldecía mientras pateaba la llanta trasera desinflada de ese viejo carro.
- Justo ahora se me tenía que pinchar una puta llanta – rezongaba para si mientras buscaba el repuesto en la parte trasera.
Cinco cuadras mas allá en el cuartel de policía dos oficiales eran comisionados para que investigaran la denuncia anónima de un carro sospechoso frente a la alcaldía. Los policías subieron rápidamente a su moto y aceleraron raudamente, al pasar por la iglesia por poco atropellan a Joaquín que salía presuroso.
- ¡Menos mal! – dijo Joaquín mientras se reponía del susto tras esquivar por milímetros la versátil moto policial.
- Me hicieron caso, ¡Gracias Dios mío! Gracias – dijo Joaquín.
Segundo después los policías parqueados sobre la acera de la alcaldía reportaban a la comandancia que la calle estaba vacía, tan solo dos viejos perros pasaban buscando sombra y un par de comadres con velos de encaje escapando al bochorno entraban a una casa.
- Vuelvan de inmediato al cuartel, es una falsa alarma, cambio - se oyó la orden con voz chistosa que salía del radio del patrullero.
El padre Joaquín algo relajado seguro que la policía ya habría detectado el carro se dirigió a la casa de su hermana, situada a una cuantas cuadras, miro su viejo reloj omega que marcaba la 1:55 de la tarde, apresuro el paso, cuando estaba a dos cuadras del lugar vio como un viejo carro blanco se parqueaba junto a la alcaldía y un hombre flaco, alto, desgarbado y sudoroso se bajaba, mientras se acercaba sus miradas se encontraban en la distancia, por unos breves instantes sus ojos se encontraron desde lejos, el hombre sonrió sin dejarlo de mirar, se hecho la bendición con su mano derecha y arranco a correr calle abajo, entonces Joaquín lo comprendió, un sentimiento de angustia e impotencia se apodero de todo su ser y mientras corría con todo lo que daba sus piernas gritaba…
- ¡No!, !No!, Señor no lo permitas - de pronto un ensordecedor ruido como un trueno taladro sus oídos, destrozando sus tímpanos y una fuerza invisible impacto de frente sobre su cuerpo haciéndolo volar por los aires, estrellándolo contra un muro situado unos metros más atrás, quedando grotescamente sentado como una marioneta contrecha en el andén, mientras una nube de polvo, grisáceo y escombros caía a su alrededor. Hubo un silencio sepulcral, un caos tranquilo, una quietud indescriptible, después todo volvió a tomar vida. Las figuras humanas cubiertas de polvo y sudor corrían en todas direcciones, sus bocas se habrían en quejidos y gritos lastimeros, pero por alguna razón que no comprendía el Padre Joaquín no podía oírlos, solo los veía pasar como zombis. Mientras la grisácea nube de polvo se disipaba logro ver como todas las casas estaban aplastadas como si un mazo gigante las hubiese apachurrado de una sola vez, habían cuerpos, pedazos de cuerpos y pedazos de pedazos de cuerpo ensangrentados y sucios, en medio de ese cuadro dantesco de sangre, polvo, muerte y desolación. Joaquín empezó a lloriquear como balbuceando como un niño.
- ¡No! ¡no! – decía una y otra vez mientras tocia tratando de devolver ese polvo húmedo que aprisionaba sus pulmones.
- ¡No! ¡no! – y por más que intentaba no se podía poner de pie, sus piernas no respondían, de pronto sintió que alguien lo tocaba.
- ¡padre!... ¡Padre Joaquín!... – se oía a lo lejos una voz mientras su hombro derecho era sacudido por una voz.
- ¡Padre Joaquín!... despierte – entonces sus ojos se abrieron, frente a El las dos comadres rezanderas hablaban incoherencias.
- Es el bochorno padre – alcanzo a oír mientras miraba a su alrededor el interior de su confesionario, su sotana empapada de sudor ya escurría dejando un charco en la mesita sobre la cual tenía apoyado su brazo derecho.
- ¿Está bien? Pregunto una de las rezanderas.
- Si… - respondió – me quede dormido y tuve una horrible pesadilla.
- Es el calor padre - dijo la otra.
- Si, si el bendito calor gracias a Dios – contesto el padre.
- No le dé las gracias a Dios que él no nos mando este calor, fue el de abajo – replico la vieja – mientras se persignaba varias veces.
El padrecito sonrió mientras se despedía, usando la estola nuevamente secando el sudor de su cuello y frente, dado gracias a Dios, en el mismo instante en el que se iba a levantar como salido de la nada un olor a sudor y mugre vieja, conocidos, impregnaron el confesionario, mientras una voz ronca y grave musitaba.
- Buenos días padrecito…
FIN
LA ABSOLUCION NEGADA
AUTOR DIEGO BONILLA MEDINA
Esa mañana era distinta a todas las demás que la gente recordaba. El calor parecía haberse ensañado en ese pequeño pueblo llamado paradójicamente Calentano, clavado en algún lejano rincón de la costa Caribe Colombiana. El bochorno pegachento se adhería con sus tentáculos a la piel de los pueblerinos, quienes en su afán de despojarse de él se ventilaban con grandes hojas de plátano que se secaban y marchitaban en segundos. Parecía como si calentano fuese la mismísima entrada del infierno, todos buscaban las escasas sombras que proyectaban las escuálidas palmeras de penachos trasquilados por el tiempo; hasta los perros jadeaban penosamente tratando de ventilar sus recalentados cuerpos. Las escasas brisas provenientes del océano tan solo levantaban polvo de las desvencijadas calles y con su infernal aliento golpeaban la humanidad de los escasos transeúntes arrancándole ríos de sudor que empapaban la espalda y las axilas de sus desaliñadas ropas haciendo que estas se pegaran a sus cuerpos caprichosamente.
Tan solo eran las diez de la mañana y hasta las nubes parecían haber abandonado para siempre el límpido cielo que cubría Calentano.
Sobre la plaza principal tan solo visitada por algún perro vagabundo buscando alguna sombra esquiva, se erguía majestuosa aquella humilde iglesia de paredes blancas y estilo colonial construida en barro, paja y bareque. En su interior a pesar de ser domingo, tan solo se encontraban dos viejas rezanderas cubiertas con sus velos de encaje postradas ante un altar vacio y rezando el rosario con una vieja camándula de madera quizás heredada de sus ancestros. Allá, en la intimidad del confesionario está sentado el padre Joaquín, viejo párroco de aquella humilde congregación, con la sotana desabrochada en el pecho y movimiento con su mano izquierda, a manera de abanico la estola purpura adornada con bordados dorados que descansaba sobre sus hombros, trataba inútilmente de alejar aquel bochorno infame de su fatigado cuerpo, mientras esperaba la aparición de un pecador en busca de redención y absolución divina.
Afuera todo era silencio y bochorno, bochorno y silencio ni tan siquiera un ave perdida se atrevía a alegrar con su canto tanta soledad. De repente, como salido de la nada un olor a sudor y mugre vieja inundo el confesionario, mientras al otro lado de la fina lámina de madera a través de la mirilla de la ventana la figura desgarbada de un desconocido se arrodillaba en el cubículo haciendo crujir la madera reseca por el tiempo.
- ¡Buenos días Padrecito!… musito una voz ronca y grave junto a la mirilla.
- ¡Buenos días hijo mío! – ¿que trae por aquí? – pregunto el padre.
- Es que quiero confesarme para que Usted me absuelva de mis pecados que ya son muchos – contesto aquella voz.
- Entonces te escucho porque aquel que se ha alejado del señor es bienvenido si viene a El arrepentido de corazón – dijo el padre ceremoniosamente mientras abría la biblia que descansaba sobre sus muslos al tiempo que secaba el sudor que resbalaba por su cuello, buscando afanosamente la parte alta de su pecho, con el dorso del puño del su sotana de su mano izquierda.
- Mire padrecito lo mío es grave – empezó diciendo aquella voz – He matado, violado y saqueado, no hay ningún mandamiento de la ley de Dios que yo no haya quebrantado varias veces, por eso no se si lo mío tanto lo que he hecho, como lo que voy hacer tenga perdón de Dios.
- Si tu corazón viene al señor en verdad arrepentido, Dios te podrá dar su perdón, como ya te había dicho, y si prometes ante El enmendar tu vida, todos tus pecados tendrán absolución – replico el padre.
- Y esto que le voy a decir… ¿Usted lo puede contar? - pegunto curiosa la voz
- ¡No hijo mío!... es secreto de confesión y el secreto de confesión es inviolable se ira conmigo a la tumba – contesto el padre Joaquín.
- Ummm… Si es así – dijo después de una breve pausa la voz – Vera padre es que soy guerrillero y por mandato de mis Jefes he hecho cosas innombrables y ahora tengo un nuevo encargo, por eso quiero que Usted me absuelva, porque yo debo cumplir con mis ordenes – dijo la voz.
- Pero para absolverte es necesario que tú estés arrepentido y si me dices que vas hacer algo malo es que no han arrepentimiento hijo mío – dijo el padre.
- Arrepentimiento no se – dijo la voz – solo se que tengo que poner un carro cargado de explosivos hoy a las 2:00 de la tarde frente a la casa del alcalde, padrecito y se que justos y pecadores van a volar a la mierda – dijo con tono despectivo aquella voz.
Hubo un silencio prolongado, al lado un escalofrió escalaba la espina dorsal del padre Joaquín, sus manos estaban frías y en su cabeza tan solo estaba la imagen de Martha, su única hermana, Pedrito y Danielita, sus únicos sobrinos quienes vivían justo enseguida de la alcaldía y toda su familia en este mundo. Veía como en un cuento de terror, sus cuentos mutilados y ensangrentados en medio de los escombros y desde el fondo de su garganta broto un quejido lastimero, al tiempo que una lagrima rodaba por su mejilla y su nariz se congestionaba impidiendo respirar.
- Padre… ¡Padrecito! ¿le pasa algo? – pregunto el dueño de aquella maldita voz.
- ¡Padre!... ¡padre!... – Repitió la horrible voz.
- Si, si hijo mío – dijo el padre Joaquín controlando su angustia con voz quebrada – es que tú no puedes hacer eso, mira que hay gente inocente y es pecado hijo mío.
- Toda mi vida es un pecado padrecito, es tan solo es uno mas y tengo que hacerlo, ¡así que deme la absolución ya y terminemos con esto! – clamo la temible voz.
- Yo no puede darte la absolución, ni puedo permitir que hagas esto – Dijo el padre tajantemente.
- Mire, ¡viejo hijo de puta! Si no me quiere dar la absolución pues métasela por donde quiera, pero eso si Usted no puede decir nada de esto, porque esto es una puta confesión y es inviolable ¿oyó? – dijo la maldita voz en tono airado y grosero.
- Si hijo pero es que …
- Es que nada yo veré padrecito de mierda- dijo la voz y rápidamente su dueño se paro y salió presuroso del confesionario en el mismo silencio en que había llegado.
Los segundos se eternizaron en ese breve instante, al otro lado, el padre Joaquín estrujaba afanosamente sus manos mientras los nervios recorrían los más recónditos rincones de su ser.
- ¡Hijo mío!… ¡Hijo mío! – clamo el padre… tan solo silencio y luego nada.
- ¡Hijo mío! – dijo el padre mirando a trasvés de la mirilla y entonces supo que estaba hablando solo, se incorporo de inmediato y para cuando salió del confesionario, la iglesia estaba más sola que el mismo pueblo, las viejas rezanderas ya no estaban y las veladoras consumidas tan solo despedían flacuchos hilitos de humo blanco. El bochorno persistía pero ya no importaba, ahora la bomba, ¡la maldita bomba! Era lo más importante.
- ¡Dios mío! - Dijo el padre Joaquín arrodillado junto al Cristo de cerámica descolorida y ojos sin vida, suspendido en lo alto de la pared justo detrás del altar.
- No permitas que esto pase, dame tu luz, dime que hacer Padre mío – decía llorando el padrecito Joaquín.
- Dime que hacer ¡por favor! – repitió el padre.
Después de un reguero de oraciones y muchas bendiciones el padre Joaquín se paro y se dirigió a la casa cural, como pasaba de rápido el tiempo, ya eran las 12:00 m y la bomba, la maldita bomba estallaría a las dos volando en mil pedazos lo que El mas quería en esta vida, su única familia, y El no podía hacer nada… nada, era un secreto de confesión, un maldito secreto de confesión.
- ¿Por qué? – clamo mirando hacia el cielo buscando una respuesta.
- ¿Por qué me haces esto a mí? – increpo Joaquín al cielo. Entonces pensó… “tengo que sacarlos de allí, no, no, tengo que impedir esto de alguna forma”, “tengo que hacerlo dijo para si” entonces corrió al teléfono y presurosamente marco: 6…5…4.
- ¡Maldita sea! – Colgó y empezó de nuevo: 6… 5… 3… Ring… se oyó el tono una vez…, ring, dos veces…, ring, tres veces…
- Contesten por favor… ring…
- ¡Alo! – sonó una delgada voz al otro lado de la línea.
- ¡Alo!, ¿Pedrito? Habla Joaquín tu tío.
- Hola tío ¿Cómo estás?- pregunto Pedrito.
- Bien – contesto tajante y nervioso Joaquín- ¡Pásame a tu mama!
- Se está bañando – respondió el niño.
- ¿Y tu hermanita? – pregunto Joaquín
- Esta dormida - contesto Pedrito.
- ¡Por favor dile a tu mama que es urgente! – dijo Joaquín
- Bueno – contesto Pedrito – Se escucho un tas y los pasos de Pedrito alejándose del teléfono… silencio… silencio…
- ¡Pedrito, Pedrito!...
- ¡Dios mío! – acaba de decir el padre cuando las campanas de la iglesia replicaban, anunciando el inexorable paso del tiempo.
- ¡La 1:00, por Dios! dijo Joaquín colgando el teléfono.
- La policía ¡eso es! ¡la policía! – tomo el teléfono 4…3…2… ring…
- Inspección de Calentano - contesto una voz con tono marcial.
- Mire quiero denunciar un carro sospecho parqueado junto a la Alcaldía – dijo Joaquín disimulando la voz.
- ¿Cuál es su nombre? – pregunto el policía.
- Eso no importa, ¡vaya de inmediato!.
- Pero…- clic la comunicación se corto al otro lado de la línea.
Joaquín presionaba su mano derecha tan duro el auricular que esta estaba a punto reventar enrojecida, mientras con el dedo índice de su mano izquierda mantenía presionado el botón del timbre. “Dios haz que vayan”- pensaba para si.
En ese preciso momento al otro lado del pueblo el dueño de aquella horrible voz, maldecía mientras pateaba la llanta trasera desinflada de ese viejo carro.
- Justo ahora se me tenía que pinchar una puta llanta – rezongaba para si mientras buscaba el repuesto en la parte trasera.
Cinco cuadras mas allá en el cuartel de policía dos oficiales eran comisionados para que investigaran la denuncia anónima de un carro sospechoso frente a la alcaldía. Los policías subieron rápidamente a su moto y aceleraron raudamente, al pasar por la iglesia por poco atropellan a Joaquín que salía presuroso.
- ¡Menos mal! – dijo Joaquín mientras se reponía del susto tras esquivar por milímetros la versátil moto policial.
- Me hicieron caso, ¡Gracias Dios mío! Gracias – dijo Joaquín.
Segundo después los policías parqueados sobre la acera de la alcaldía reportaban a la comandancia que la calle estaba vacía, tan solo dos viejos perros pasaban buscando sombra y un par de comadres con velos de encaje escapando al bochorno entraban a una casa.
- Vuelvan de inmediato al cuartel, es una falsa alarma, cambio - se oyó la orden con voz chistosa que salía del radio del patrullero.
El padre Joaquín algo relajado seguro que la policía ya habría detectado el carro se dirigió a la casa de su hermana, situada a una cuantas cuadras, miro su viejo reloj omega que marcaba la 1:55 de la tarde, apresuro el paso, cuando estaba a dos cuadras del lugar vio como un viejo carro blanco se parqueaba junto a la alcaldía y un hombre flaco, alto, desgarbado y sudoroso se bajaba, mientras se acercaba sus miradas se encontraban en la distancia, por unos breves instantes sus ojos se encontraron desde lejos, el hombre sonrió sin dejarlo de mirar, se hecho la bendición con su mano derecha y arranco a correr calle abajo, entonces Joaquín lo comprendió, un sentimiento de angustia e impotencia se apodero de todo su ser y mientras corría con todo lo que daba sus piernas gritaba…
- ¡No!, !No!, Señor no lo permitas - de pronto un ensordecedor ruido como un trueno taladro sus oídos, destrozando sus tímpanos y una fuerza invisible impacto de frente sobre su cuerpo haciéndolo volar por los aires, estrellándolo contra un muro situado unos metros más atrás, quedando grotescamente sentado como una marioneta contrecha en el andén, mientras una nube de polvo, grisáceo y escombros caía a su alrededor. Hubo un silencio sepulcral, un caos tranquilo, una quietud indescriptible, después todo volvió a tomar vida. Las figuras humanas cubiertas de polvo y sudor corrían en todas direcciones, sus bocas se habrían en quejidos y gritos lastimeros, pero por alguna razón que no comprendía el Padre Joaquín no podía oírlos, solo los veía pasar como zombis. Mientras la grisácea nube de polvo se disipaba logro ver como todas las casas estaban aplastadas como si un mazo gigante las hubiese apachurrado de una sola vez, habían cuerpos, pedazos de cuerpos y pedazos de pedazos de cuerpo ensangrentados y sucios, en medio de ese cuadro dantesco de sangre, polvo, muerte y desolación. Joaquín empezó a lloriquear como balbuceando como un niño.
- ¡No! ¡no! – decía una y otra vez mientras tocia tratando de devolver ese polvo húmedo que aprisionaba sus pulmones.
- ¡No! ¡no! – y por más que intentaba no se podía poner de pie, sus piernas no respondían, de pronto sintió que alguien lo tocaba.
- ¡padre!... ¡Padre Joaquín!... – se oía a lo lejos una voz mientras su hombro derecho era sacudido por una voz.
- ¡Padre Joaquín!... despierte – entonces sus ojos se abrieron, frente a El las dos comadres rezanderas hablaban incoherencias.
- Es el bochorno padre – alcanzo a oír mientras miraba a su alrededor el interior de su confesionario, su sotana empapada de sudor ya escurría dejando un charco en la mesita sobre la cual tenía apoyado su brazo derecho.
- ¿Está bien? Pregunto una de las rezanderas.
- Si… - respondió – me quede dormido y tuve una horrible pesadilla.
- Es el calor padre - dijo la otra.
- Si, si el bendito calor gracias a Dios – contesto el padre.
- No le dé las gracias a Dios que él no nos mando este calor, fue el de abajo – replico la vieja – mientras se persignaba varias veces.
El padrecito sonrió mientras se despedía, usando la estola nuevamente secando el sudor de su cuello y frente, dado gracias a Dios, en el mismo instante en el que se iba a levantar como salido de la nada un olor a sudor y mugre vieja, conocidos, impregnaron el confesionario, mientras una voz ronca y grave musitaba.
- Buenos días padrecito…
FIN
sábado, 8 de mayo de 2010
cuento por entregas
Publicado por Revista Adhuc Tempus en 9:39 0 comentarios
Ayer apareció en la esquina un cadáver. Estaba negro, como corroído por el tiempo. No olía mal, sin embargo, pero era extraño no poder acercarse por la cantidad de moscas que rondaban. Estaba extendido, explayado sobre la acera fría y en pantaloncillos. Las moscas lo tocaban, saboreándolo, como la más rica comida del día. la sangre le escurría por los hombros, ya seca, dejandole una estela difuminada por el pecho y las axilas. Había sido un hombre fuerte, sin duda, por las enormes manos que se le podían ver y por el trapecio, tremendo en comparación con el mío.
viernes, 7 de mayo de 2010
El colegio
Publicado por Revista Adhuc Tempus en 8:41 0 comentarios
Puede ser que en una revista escolar no necesariamente se deba hablar del propio espacio. Podría pensarse, y en efecto, que es un pleonasmo. Peor aún, haciendo mal uso del lugar que nos fue concedido, pretender definir u opinar sobre un oficio tan duro como el ser estudiante. Es inquietante ver cómo el colegio es tan difícil de definir. Por un lado, las experiencias, por el otro, el severo control. Control es la palabra favorita de la novela contemporánea y de Focault. Entonces ¿Qué debemos hacer? Lo mejor sería olvidarlo y reconfigurarlo. Los colegios no cambian. Hay unos que son muy entretenidos, son pocos, pero de todas maneras, lo peor es que lo llamen el segundo hogar.
jueves, 22 de abril de 2010
Aquellos bellos recuerdos
Publicado por Revista Adhuc Tempus en 17:49 0 comentarios
Los recuerdos de un bebé se disipan. Pepito por ejemplo no sabe nada de su periodo de lactancia. Ha visto en fotos a un niño que no es él. Una vez, llegó hacia él una imagen de un juguete rústico, hecho a mano, que siempre estaba en su boca. Vió también a su madre, que lo contemplaba como lo pudo haber contemplado Goliat. Ése Goliat sin embargo era suave y cálido y lo hacía sentir como en las nubes. El sabía también que no conocía las nubes, pero ahora que aquella proyección que pasaba fugaz se lo mostraba, comprendía realmente lo que veía el cielo.
Pepito entonces por andar distraído y soñoliento se tropezó gravemente con una estación de gasolina. El juguete aquel desapareció con el golpe. Ahora solo podía recordar el golpe mientras abría los ojos. Gateando, se levantó. Algunas personas lo ayudaron, fueron muy amables cuando le preguntaban si se sentía bien. Su camisa se había manchado de sangre, de babas, y de gasolina. Pensó que en cualquier momento podía incendiarse. Trabajosamente, aún con personas llevándolo del brazo, atravesó la estación y se lavó las manos y las rodillas del pantalón.
-¿Puedo preguntarle algo?
-Ya lo hace.
-Sí claro, es decir, ¿Podría decirme qué hora es?
-Si tuviera reloj...
-Creo que atrás suyo hay uno. No lo había visto.
-Creo que sí.
Ambos voltearon.
-¿Le digo?
-Ya la sé.
Pepito salió del lugar fingiendo amabilidad. Llevaba las manos mojadas, cosa que odiaba. Además, sabía que iba tarde. Y de alguna manera desconocida, sabía a dónde.
Pepito entonces por andar distraído y soñoliento se tropezó gravemente con una estación de gasolina. El juguete aquel desapareció con el golpe. Ahora solo podía recordar el golpe mientras abría los ojos. Gateando, se levantó. Algunas personas lo ayudaron, fueron muy amables cuando le preguntaban si se sentía bien. Su camisa se había manchado de sangre, de babas, y de gasolina. Pensó que en cualquier momento podía incendiarse. Trabajosamente, aún con personas llevándolo del brazo, atravesó la estación y se lavó las manos y las rodillas del pantalón.
-¿Puedo preguntarle algo?
-Ya lo hace.
-Sí claro, es decir, ¿Podría decirme qué hora es?
-Si tuviera reloj...
-Creo que atrás suyo hay uno. No lo había visto.
-Creo que sí.
Ambos voltearon.
-¿Le digo?
-Ya la sé.
Pepito salió del lugar fingiendo amabilidad. Llevaba las manos mojadas, cosa que odiaba. Además, sabía que iba tarde. Y de alguna manera desconocida, sabía a dónde.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)