lunes, 25 de enero de 2010

LA ABUELA

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Me da miedo, no sé. Tal vez esta casa sola, frío todo, húmedo, callado menos por las llaves goteando. También lo horrible porque recién se murió la decimonónica vieja abuela. Hacía sabrosos frijoles que no me comía. No sé, ahora si viera a la vieja ahí parada ofreciéndome mazamorra, de pronto me haría popito en los pantalones, lo siento mamá, yo los lavo. Fuera de todo, esas llaves olvidadas, el lavamanos lleno de flemas de viejo, las baldosas viejas todas manchadas con el específico y el trapeador con el que trapeaba igualito a ella. baldosas rojas y amarillas, jugaba con los carretes de hilo ahí cuando era chiquito, no habían amigos, era yo solito. También entonces le tenía miedo a la abuela toda arrugada, canosa, mueca, crispada por las venas várices. Cuando era nene mamita se murió, pobre mamita de estornudos, y papito se fue en un bus y nunca volvió. Entonces me quedé con la abuela, decía, qué nené ¿Querés jugar pizingaña?, yo lloraba, decía que no, y entonces ¿querés jugar a la pizingaña?, No, ¿querés jugar a la pizingaña?, bueno abuela snif, snif. Entonces nene vos cantás la rondita, y movía su bastón como si fuera su mano, o un arma. La abuela tenía la piel de las manos rara, toda delgada pegajosa venosa y fea; como una babosa, una telaraña o un kiwi rancio. Y peor cuando abría la llave de la cocina, y lavaba las papas para el puré. Me da temor esta casona, y más ahora que abuela está muerta bajo tierra, RIP, descansa en paz, estiró la pata, ánima. Raro, quién abrió la llave de la cocina. Me da meyo ir a ver, yo estoy en el patio, pasar los corredores oscuros, pasar la sala donde viejas decrépitas todas ya muertas rezan aún el rosario mil veces. La pieza de la abuela, Entonces ésta es la pieza de la abuela. El sagrado corazón, la virgen, el baúl, la mecedora. Ella no me dejaba pasar, que eran cosas de ella, igual yo no quería . En el baúl hay una foto, Es ella joven con el señor abuelo piloto del ejército héroe nacional. Hace 70 años Mister abuelo se cayó al mar ¡Paf! se murió. Salgamos de la pieza, ¿Y por qué salgamos en plural? Cosa tétrica. La cocina. Qué es eso. La abuela de ectoplasma y agua está saliendo por la llave del lavabo, se escurre, se encoge, se estira. Se arrima. Nené, querés jugar pizingaña, ¡No!, bueno snif snif. Me toca la cara ¿Mami los pedos pesan? Me hice popito, yo lo lavo mamá. Fue culpa de la abuela, todo es siempre culpa de la horrible y muerta abuela.

David Ramirez Peláez
9a

viernes, 15 de enero de 2010

El trabajo

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El trabajo

El tiempo se resume en la continuación de un contrato.
Desaparece en cuanto éste se renueva,
al extenderse, el tiempo se dilata,
se ensancha tanto que se torna invisible y vuela,
se contrae, el último día del año, cuando todo ya está perdido.
Así pues, el afán por hacer de las cosas otra cosa
se pierde en el elixir del aparente orden.

Al dejar de trabajar, la vida toma un color lapislázuli.
Navega entre el ocio amarillo y el oscuro aroma mineral.

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Jacinta

La hermana de ella se llamaba Jacinta,
era alta y encorvada,
no le gustaba dar la cara.

Digo se llamaba porque ya no se llama.
Ya no es una llama, ya no llama,
la fría lontananza se descompuso,
Jacinta se desvaneció también,
se fue con la tarde.

Nunca se fue conmigo, aunque por ahí conservo una foto.
Ella era la que me gustaba, a pesar de que era coja,
aunque babeara, aunque fuera menor.
Altanero sol, atrevida luna, despistadas estrellas,
Jacinta sola era más bella.

Dice mi padre que ella era la que más le gustaba, entre las dos hermanas,
Las idiotas;
pero que no era mi madre, que nunca lo fue, porque aunque me vio de primera,
no salí de ella.

Yo no tengo madre, porque no tengo a Jacinta,
finjo ir, finjo venir, de pasitos llego al trabajo
y luego al teatro,
raras veces vuelo sobre moscas
y ni se diga de andar sobre bichos.

Luego yo ya no sé qué pensar, tanta infamia en la verdad
y mierda en la garganta,
cada palabra es un enorme fraude
episcopal
extraditado de
otro planeta en forma de bollo,
o en forma de niñas anoréxicas amarillentas.

Pensaré mejor en Jacinta, que me salva y me da teta,
Pensaré en sus senos, pensaré en besarlos,
proxeneta sol,
errabunda luna,
orgiotas estrellas
¿será que Jacinta llega, será que esta noche vuelve a crecer en la tierra?


Estanislao Marino Sánchez

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El pasillo

La mujer se levantó y se marchó. Roland puso sus manos y su cabeza sobre la almohada y empezó a pensar. Eran las dos menos cuarto de la madrugada. El gato que había visto desde que desnudaba a Lily permanecía allí, en el tejado. Impasible. Hizo un movimiento ridículo con la sábana para que el animal se marchara. Y allí quedaron sus pensamientos.

Se vistió y bajó por las escaleras plateadas del motel. El pasillo se volvía rojo por las bombillas situadas en lo alto de las puertas y hasta la recepción el panorama era homogéneo. Pagó y se montó al auto con la tristeza de saber que Lily caminó también, sola, por aquel sendero eclesiástico.

Aún era tremendo el recuerdo en su cabeza.

En el primer semáforo hacia el norte de la ciudad, el líquido de frenos falló. El auto se consumió en chatarra y Roland apenas y salía gateando del suceso desafortunado. Las sirenas de la ambulancia y la policía lo aturdieron al punto de emanciparlo del atolondramiento del golpe y pudo erguirse y, salvo por el golpe en la frente, pudo camuflarse bien entre la multitud que hacía caso omiso del llamamiento del vampirismo pasivo interior. Caminó entre ellos por horas y después, se cansó y se sentó por su dolor de cabeza. Lily desaparecía de su recuerdo. Hacer el amor con ella había sido extraño pero ¿Por qué? No lo entendía. Tampoco quería. Respiró hondo y se fue de aquella calle.

Luego, al ver que no tenía sentido, fue a casa de Lily, o la que creía que era la casa, y tocó.

-¿Si?-Preguntó una voz femenina.

Roland volvió a tocar.

-¿Qué se le ofrece?

-¡Ah!, si-como limpiándose la garganta,-busco a Lily.

La mujer pareció dudar.

-no hay ninguna Lily.

-¿Está segura? Dijo Roland con gravedad, como si no se hubiera golpeado contra un poste de electricidad.

-Completamente, joven.

La conversación se estaba dando con la puerta como principal perceptor.

-Señora hágame…

-Señorita.

Y abrió la puerta.

Era una mujer mayor, bastante atractiva, con una pañoleta en la cabeza, azul, que acentuaba más sus ojos grises. Tenía un pequeño pantalón de Jean y unas piernas que, con cicatrices, no dejaban de ser llamativas.

-aún no me he casado.

-Mucho gusto.-y Roland se tapó el golpe en la frente.

-¿Qué le pasó a usted?-preguntó la mujer quitándole la mano a Roland y poniendo la suya en su lugar.-parece que ha sufrido un accidente muy grave.

-No fue para tanto.

-Yo si lo creo,-dijo ella-venga para acá.

Y lo empujó hasta la casa con determinación.

-Busco a Lily.

-A ver, alcánceme ese pañuelo de la mesa-dijo ella.

-¿Este?

-El otro.

-¿La conoce?, preguntó el hombre cruzando la pierna, con mucha naturalidad.

La casa era pequeña, de unos siete metros de profundidad, con unos cuadros grandes sobre unas paredes pequeñas. Había un gato, que aterrorizó a Roland, tres materas, dos sillas de plástico y una puerta.

-A muchas.-contestó ella.

Ambos guardaron silencio. Ella lo curó con paciencia de granjero y con mucho cuidado. El accidente trajo como consecuencia en Roland un chichón grande en la frente, una cortada en la ceja izquierda y un raspón en el codo enorme. Cuando terminó, la mujer se levantó. Se acomodó el trapo en la cabeza y abrió la puerta principal.

-Ya puede irse.

-¿Cómo se llama usted?-Roland tenía muchas ganas de hacer esta pregunta.

-Lily. Contestó ella con repugnancia. Como si hubiera nominado los días de la semana.

-¡¿Lily?!

Roland se levantó y caminó por la casa que más parecía una sala de espera.

-Ayer me pagó usted para que lo complaciera.

-¡No es cierto!-gritó con desconsuelo-¡Es una acción impropia de mí!, yo, un individuo pletórico de razonamientos y sensatez, entero y perspicaz ¿Pagando por un servicio sexual? ¿Enamorándome de una…

-es hora de irse guapo.

Roland se tomó la cabeza y se quitó el trapo que ella le había puesto. Luego, se quitó un zapato y se lo tiró. Tumbó las sillas mientras ella cerraba la puerta. Entonces Roland miró la puerta que no había visto y la abrió. Daba a un pasillo muy parecido al del motel. Era temprano, así que la mancha rojiza crepuscular era la única diferencia entre esta imagen y la de la noche anterior.


Tarcicio Flórez