viernes, 15 de enero de 2010

Jacinta

La hermana de ella se llamaba Jacinta,
era alta y encorvada,
no le gustaba dar la cara.

Digo se llamaba porque ya no se llama.
Ya no es una llama, ya no llama,
la fría lontananza se descompuso,
Jacinta se desvaneció también,
se fue con la tarde.

Nunca se fue conmigo, aunque por ahí conservo una foto.
Ella era la que me gustaba, a pesar de que era coja,
aunque babeara, aunque fuera menor.
Altanero sol, atrevida luna, despistadas estrellas,
Jacinta sola era más bella.

Dice mi padre que ella era la que más le gustaba, entre las dos hermanas,
Las idiotas;
pero que no era mi madre, que nunca lo fue, porque aunque me vio de primera,
no salí de ella.

Yo no tengo madre, porque no tengo a Jacinta,
finjo ir, finjo venir, de pasitos llego al trabajo
y luego al teatro,
raras veces vuelo sobre moscas
y ni se diga de andar sobre bichos.

Luego yo ya no sé qué pensar, tanta infamia en la verdad
y mierda en la garganta,
cada palabra es un enorme fraude
episcopal
extraditado de
otro planeta en forma de bollo,
o en forma de niñas anoréxicas amarillentas.

Pensaré mejor en Jacinta, que me salva y me da teta,
Pensaré en sus senos, pensaré en besarlos,
proxeneta sol,
errabunda luna,
orgiotas estrellas
¿será que Jacinta llega, será que esta noche vuelve a crecer en la tierra?


Estanislao Marino Sánchez

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