El pasillo
La mujer se levantó y se marchó. Roland puso sus manos y su cabeza sobre la almohada y empezó a pensar. Eran las dos menos cuarto de la madrugada. El gato que había visto desde que desnudaba a Lily permanecía allí, en el tejado. Impasible. Hizo un movimiento ridículo con la sábana para que el animal se marchara. Y allí quedaron sus pensamientos.
Se vistió y bajó por las escaleras plateadas del motel. El pasillo se volvía rojo por las bombillas situadas en lo alto de las puertas y hasta la recepción el panorama era homogéneo. Pagó y se montó al auto con la tristeza de saber que Lily caminó también, sola, por aquel sendero eclesiástico.
Aún era tremendo el recuerdo en su cabeza.
En el primer semáforo hacia el norte de la ciudad, el líquido de frenos falló. El auto se consumió en chatarra y Roland apenas y salía gateando del suceso desafortunado. Las sirenas de la ambulancia y la policía lo aturdieron al punto de emanciparlo del atolondramiento del golpe y pudo erguirse y, salvo por el golpe en la frente, pudo camuflarse bien entre la multitud que hacía caso omiso del llamamiento del vampirismo pasivo interior. Caminó entre ellos por horas y después, se cansó y se sentó por su dolor de cabeza. Lily desaparecía de su recuerdo. Hacer el amor con ella había sido extraño pero ¿Por qué? No lo entendía. Tampoco quería. Respiró hondo y se fue de aquella calle.
Luego, al ver que no tenía sentido, fue a casa de Lily, o la que creía que era la casa, y tocó.
-¿Si?-Preguntó una voz femenina.
Roland volvió a tocar.
-¿Qué se le ofrece?
-¡Ah!, si-como limpiándose la garganta,-busco a Lily.
La mujer pareció dudar.
-no hay ninguna Lily.
-¿Está segura? Dijo Roland con gravedad, como si no se hubiera golpeado contra un poste de electricidad.
-Completamente, joven.
La conversación se estaba dando con la puerta como principal perceptor.
-Señora hágame…
-Señorita.
Y abrió la puerta.
Era una mujer mayor, bastante atractiva, con una pañoleta en la cabeza, azul, que acentuaba más sus ojos grises. Tenía un pequeño pantalón de Jean y unas piernas que, con cicatrices, no dejaban de ser llamativas.
-aún no me he casado.
-Mucho gusto.-y Roland se tapó el golpe en la frente.
-¿Qué le pasó a usted?-preguntó la mujer quitándole la mano a Roland y poniendo la suya en su lugar.-parece que ha sufrido un accidente muy grave.
-No fue para tanto.
-Yo si lo creo,-dijo ella-venga para acá.
Y lo empujó hasta la casa con determinación.
-Busco a Lily.
-A ver, alcánceme ese pañuelo de la mesa-dijo ella.
-¿Este?
-El otro.
-¿La conoce?, preguntó el hombre cruzando la pierna, con mucha naturalidad.
La casa era pequeña, de unos siete metros de profundidad, con unos cuadros grandes sobre unas paredes pequeñas. Había un gato, que aterrorizó a Roland, tres materas, dos sillas de plástico y una puerta.
-A muchas.-contestó ella.
Ambos guardaron silencio. Ella lo curó con paciencia de granjero y con mucho cuidado. El accidente trajo como consecuencia en Roland un chichón grande en la frente, una cortada en la ceja izquierda y un raspón en el codo enorme. Cuando terminó, la mujer se levantó. Se acomodó el trapo en la cabeza y abrió la puerta principal.
-Ya puede irse.
-¿Cómo se llama usted?-Roland tenía muchas ganas de hacer esta pregunta.
-Lily. Contestó ella con repugnancia. Como si hubiera nominado los días de la semana.
-¡¿Lily?!
Roland se levantó y caminó por la casa que más parecía una sala de espera.
-Ayer me pagó usted para que lo complaciera.
-¡No es cierto!-gritó con desconsuelo-¡Es una acción impropia de mí!, yo, un individuo pletórico de razonamientos y sensatez, entero y perspicaz ¿Pagando por un servicio sexual? ¿Enamorándome de una…
-es hora de irse guapo.
Roland se tomó la cabeza y se quitó el trapo que ella le había puesto. Luego, se quitó un zapato y se lo tiró. Tumbó las sillas mientras ella cerraba la puerta. Entonces Roland miró la puerta que no había visto y la abrió. Daba a un pasillo muy parecido al del motel. Era temprano, así que la mancha rojiza crepuscular era la única diferencia entre esta imagen y la de la noche anterior.
Tarcicio Flórez
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