jueves, 22 de abril de 2010

Aquellos bellos recuerdos

Los recuerdos de un bebé se disipan. Pepito por ejemplo no sabe nada de su periodo de lactancia. Ha visto en fotos a un niño que no es él. Una vez, llegó hacia él una imagen de un juguete rústico, hecho a mano, que siempre estaba en su boca. Vió también a su madre, que lo contemplaba como lo pudo haber contemplado Goliat. Ése Goliat sin embargo era suave y cálido y lo hacía sentir como en las nubes. El sabía también que no conocía las nubes, pero ahora que aquella proyección que pasaba fugaz se lo mostraba, comprendía realmente lo que veía el cielo.
Pepito entonces por andar distraído y soñoliento se tropezó gravemente con una estación de gasolina. El juguete aquel desapareció con el golpe. Ahora solo podía recordar el golpe mientras abría los ojos. Gateando, se levantó. Algunas personas lo ayudaron, fueron muy amables cuando le preguntaban si se sentía bien. Su camisa se había manchado de sangre, de babas, y de gasolina. Pensó que en cualquier momento podía incendiarse. Trabajosamente, aún con personas llevándolo del brazo, atravesó la estación y se lavó las manos y las rodillas del pantalón.
-¿Puedo preguntarle algo?
-Ya lo hace.
-Sí claro, es decir, ¿Podría decirme qué hora es?
-Si tuviera reloj...
-Creo que atrás suyo hay uno. No lo había visto.
-Creo que sí.
Ambos voltearon.
-¿Le digo?
-Ya la sé.
Pepito salió del lugar fingiendo amabilidad. Llevaba las manos mojadas, cosa que odiaba. Además, sabía que iba tarde. Y de alguna manera desconocida, sabía a dónde.

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